
El agua es un elemento absolutamente esencial para la vida y para muchas actividades productivas, en concreto y de una manera especial, para la agricultura y la generación de energía eléctrica. En un país como España, con zonas de baja pluviosidad o incluso semidesérticas –especialmente en épocas de sequía–, la disponibilidad de agua ha sido tradicionalmente una preocupación en muchos lugares de nuestra geografía, tanto en épocas lejanas como recientes. En España existen actualmente 25 cuencas hidrográficas, de las que doce depende de la Administración General del Estado porque atraviesan más de una Comunidad Autónoma.
Por esta razón, y al haber ciertos territorios de España con gran caída de lluvia y ríos caudalosos como el Ebro, tiene todo el sentido la canalización o trasvase de aguas excedentes desde las cuencas hidrográficas con más abundancia hídrica a otras generalmente deficitarias, algo que solo se ha podido lograr hasta ahora en muy pequeña medida por mezquinos intereses políticos.
En 2001, el Gobierno del expresidente José María Aznar aprobó un Plan Hidrológico Nacional (PHN) que habría resuelto buena parte de los problemas de escasez de agua en cuencas internas de Cataluña y Levante. El plan fue derogado por razones ideológicas que contradicen el sentido común, pero planteaba grandes obras hidráulicas, además de trasvasar agua del Ebro a zonas necesitadas de Cataluña, a los ríos Júcar y Segura, y a las cuencas mediterráneas de Andalucía. Precisamente en Cataluña, la fijación de caudales ecológicos demasiado altos –también por razones políticas– agrava los riesgos de restricciones de agua. Por otro lado, no podemos obviar que el agua puede ser fuente de tragedias con cierta regularidad, tal y como está documentado desde hace varios siglos.
Recientemente, tenemos en nuestra retina la dramática DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos) de finales de octubre de 2024 en el Levante español u otras más antiguas como la gran riada de Valencia en 1957 o la tragedia del camping de Biescas en 1996, donde se produjeron lluvias torrenciales de alta peligrosidad potencial, pese a lo cual no se tomaron medidas estructurales adecuadas que podrían haber evitado muchas muertes e importantes daños materiales. Por su importancia, dedicamos al agua este estudio monográfico de CEU-CEFAS.
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