Cuando valoramos un objeto o un lugar, solemos atender a dos aspectos fundamentales: su utilidad y su antigüedad. En función de ellos discernimos si algo merece conservarse o si ha dejado de servirnos. A menudo, esa decisión se acompaña de un componente afectivo, pues en todo objeto cargado de años hay una memoria que nos mira desde dentro.
Pero surge entonces una pregunta más difícil: ¿Cómo valorar un consejo, un modo de vida o una enseñanza recibida? No se pesan, no se compran ni se exhiben; sin embargo, son herencia tanto o más valiosa que cualquier bien material.
A menudo cuesta comprender el mundo en que vivimos; y es natural, pues el ser humano se interroga sin descanso. ¿Fueron realmente tan malos nuestros antepasados? Habitamos una sociedad revisionista que, con ligereza y a veces con un celo casi inquisitorial, no duda en señalar el modus vivendi de nuestros abuelos, o incluso de nuestros padres, como algo indigno, inmoral y contrario a los valores que hoy dominan el discurso público.
Y ahí reside el verdadero problema: todo se ha vuelto relato, apariencia, cáscara y antifaz. Ya no se busca la verdad, porque la verdad rara vez es complaciente con los sesgos posmodernos, ni se persigue una felicidad auténticamente humana.
Se desprecian las instituciones orgánicas que moldearon nuestro mundo y, sobre todo, se ataca con ferocidad a quienes apenas pueden defenderse: los mayores, por su edad, y los muertos, por su inevitable ausencia.
Desde antiguo, la virtud se ha asociado a la edad. En sus distintos estratos, la vejez no fue sólo signo de desgaste, sino también de sabiduría, templanza y tesón para afrontar la vida.
Hoy, en cambio, la edad parece haberse convertido en una suerte de culpa: una ridícula suma de pecados por los que hay que pedir perdón. ¿Por haber vivido, acaso?
Existe una generación a la que se intenta imponer una visión adulterada del pasado, víctima de relatos maniqueos y empujada a habitar en la disonancia perpetua antes que en la armonía natural de la convivencia. Se vive entre eslóganes que sustituyen a las ideas y entre sospechas que reemplazan a la memoria.
¿Se imaginan ustedes a nuestros abuelos culpando a sus padres por una guerra?
¿O reprochando a sus mayores no haber sido lo suficientemente valientes para afrontar las injusticias endémicas de su tiempo?
Ellos aprendieron a vivir, a sentir y a amar bajo el velo de la verdad: una verdad que no disimulaba las sombras de la existencia, pero que enseñaba a sobrellevarlas con dignidad.
Esa verdad —dura, pero fértil— recompensaba a quienes la aceptaban sin miedo a equivocarse, porque entendían que sólo quien se enfrenta al dolor aprende el valor de la esperanza.
La vida no es como uno quiere, y de nada sirve contraponer el presente a una visión editada del pasado, es tiempo de comprender que, si bien nuestros mayores cometieron errores, mayor error sería caer en un revanchismo generacional.
Ser es también abrazar a quienes nos precedieron, mantener vivas las tradiciones y reconocer en ellas la raíz de lo que somos. Ser, en definitiva, es avanzar sin olvidar por dónde se ha pisado, porque quien borra el camino podrá saber adónde ha llegado, pero ignorará de dónde viene.
La tradición no es la adoración de las cenizas, sino la transmisión del fuego.
Gustav Mahler
