
Servir, es entregarse, la Real Academia lo define con sequedad: ser útil o a propósito para un determinado fin, pero la utilidad es apenas una sombra de la verdad.
El servicio auténtico nace de un mandato interior que no busca recompensa; de una voz que no compite con el interés ni negocia con el cálculo.
La vocación es siempre irracional para el pragmático, pero profundamente razonable para quien entiende que la vida se sostiene sobre actos que no proporcionan rédito alguno.
Plinio afirmaba que la moral forma las artes. Servir, cuando se comprende como debe ser, es un arte mayor: el de conservar la rectitud incluso cuando todo alrededor se inclina; el de permanecer fiel a lo verdadero, aunque el precio de esa fidelidad sea la soledad.
En el Tractado Primero del Lazarillo de Tormes, cuando Lázaro está al servicio del ciego descubre y afirma con rotundidad que: Quien sirve a un ciego ha de saber un punto más que el diablo. Tras cada burla, tras cada golpe, comprendió que la vida no exime al servidor de la cautela ni de la inteligencia, servir no consiste en obedecer ciegamente, sino en caminar con los ojos abiertos incluso cuando quien guía va a tientas.
Hoy, nuestras más altas instituciones parecen haber olvidado esa lección elemental, pues, convertidas en víctimas de su propio autoengaño, se han erigido en sus propios verdugos. Su desconexión, en ocasiones arrogante, a veces temerosa, ha tornado en la erosión del vínculo que debiera unirlas al pueblo.
Desde la barrera, la ciudadanía contempla una faena sin ritmo, hecha de gestos y quites grandilocuentes, pero con resultados menguados. Y como el aficionado que abandona la plaza tras una tarde sin arte ni emoción, muchos sienten la tentación de renunciar al compromiso cívico.
Pero la renuncia es el germen de todas las derrotas.
La verdadera pregunta no es qué hacen los que nos gobiernan, sino qué debemos hacer nosotros. ¿Retirarnos en silencio y, con ello, otorgar razón a los que deshacen lo que nos une? ¿O mantenernos firmes, aun sabiendo que toda firmeza tiene un coste?
La historia, esa maestra severa, siempre ha distinguido entre los que eligen el acomodo y los que aceptan el deber. Los primeros pasan; los segundos permanecen, un pueblo no se sostiene por la destreza de sus élites, sino por la rectitud silenciosa de quienes, sin reclamar honores, trabajan por un bien que quizá no verán completado. Aquellos que, lejos de querer convencer, trascienden con su disciplina.
Al igual que Lázaro, debemos entender que no es inevitable estrellarse contra el muro, si quienes nos preceden avanzan a ciegas, nuestra obligación es no imitarlos; si el camino está torcido, nuestra tarea es enderezarlo en lo que nos corresponda. No elegimos la época en la que vivimos, pero sí la dignidad con que la habitamos.
Y es aquí donde el servicio adquiere su dimensión histórica, servir es sostener, incluso cuando el edificio cruje; es mantener la palabra cuando otros la diluyen; es conservar la verdad en medio de la niebla. Servir es recordar que la vida pública no es una plaza de toros donde el tendido abuchea, sino un taller donde cada uno está llamado a poner su herramienta.
El mundo no mejora porque cambien los gobiernos, sino porque no cedemos en aquello que sabemos verdadero. La grandeza de un pueblo no reside en sus triunfos, sino en su capacidad de no rendirse ante la corrupción del ánimo, en construir puentes allí donde otros levantan muros, en permanecer rectos en medio de la torcida multitud.
Servir, en definitiva, es el último acto de libertad.
